El calendario que utilizamos actualmente tiene sus raíces en el Imperio Romano, con una evolución que comenzó hace más de dos mil años. Originalmente, el calendario romano constaba de solo 10 meses y comenzaba en marzo, coincidiendo con el equinoccio de primavera. Este sistema fue instaurado por Rómulo, fundador de Roma, aproximadamente siete siglos antes de Cristo.
Los meses de enero y febrero no formaban parte del calendario inicial y fueron añadidos posteriormente por Numa Pompilio, segundo rey de Roma. El calendario lunar original se mantuvo hasta la reforma de Julio César, quien, con ayuda de matemáticos egipcios, estableció el calendario juliano que conocemos hoy. Este calendario incluye los meses: Januarius, Februarius, Martius, Aprilis, Maius, Junius, Quinctilis, Sextilis, Septembris, Octobris, Novembris y Decembris.
Cada mes tiene un origen particular. Enero se nombra en honor a Jano, dios de los solsticios y guardián de los ciclos temporales. Febrero proviene de “februa”, un rito romano de purificación. Marzo honra a Marte, dios de la guerra y de la fertilidad. Abril podría derivar de “aperio” (abrir) o estar dedicado a Venus. Mayo es un tributo a Maia, diosa de la primavera, y junio a Juno, esposa de Júpiter.
Los meses de julio y agosto cambiaron de nombre para honrar a líderes romanos: Quinctilis pasó a llamarse Julio en honor a Julio César tras su asesinato en el 44 a.C., y Sextilis se renombró agosto en honor a César Augusto en el 27 a.C. Los meses septiembre a diciembre conservan nombres que indican su posición original en el calendario de 10 meses, correspondientes a los números siete a diez.
En cuanto a la duración de los meses, febrero originalmente tenía 29 días. Para equilibrar el calendario, se le restó un día a febrero y se lo asignaron a agosto, de modo que julio y agosto son los únicos meses consecutivos con 31 días. Esta modificación refleja ajustes realizados para mantener la precisión del calendario a lo largo del tiempo.
