A ocho días del terremoto que afectó a Turquía y Siria, las esperanzas de encontrar personas vivas bajo los escombros disminuyen, con un saldo de 35,000 muertos.
Miles de sobrevivientes se congregan en carpas y filas para recibir ayuda alimentaria, mientras la búsqueda de personas con vida probablemente se acerca a su fin. En Hatay, Turquía, un niño de 13 años fue rescatado 182 horas después del sismo de magnitud 7.8.
Rescatistas locales e internacionales, incluidos mineros y expertos con perros y cámaras termales, continúan la labor en los restos de concreto. Sin embargo, las bajas temperaturas y el colapso masivo de edificios reducen las probabilidades de encontrar sobrevivientes.
Los sismos de magnitud 7.8 y 7.5, ocurridos el 6 de febrero, causaron al menos 35,000 muertes y destruyeron ciudades y pueblos en Turquía y Siria. La Confederación de Empresas Turcas calcula pérdidas financieras en Turquía por 84,100 millones de dólares, cifra superior a estimaciones oficiales.
La ONU reconoce la lentitud en la ayuda, y Turquía ha ofrecido abrir un segundo cruce fronterizo con Siria para facilitar la asistencia internacional. En Malatya, muchas viviendas quedaron destruidas y los habitantes enfrentan escasez de carpas, con hasta cuatro familias compartiendo una.
Más de 150,000 sobrevivientes han sido trasladados a albergues fuera de las zonas afectadas. Algunos, como Musa Bozkurt, expresan incertidumbre sobre su futuro tras perder familiares. Otros, como Fuat Ekinci, prefieren quedarse en sus hogares por falta de recursos y necesidad de cuidar sus tierras.
Voluntarios en Turquía, incluyendo cocineros y dueños de restaurantes, ofrecen alimentos tradicionales a los afectados. Entre los daños se encuentran sitios patrimoniales como Antioquía, importante centro histórico y religioso.
Iglesias griegas ortodoxas han iniciado campañas para recaudar fondos destinados a la ayuda y reconstrucción de sus templos en la región.
